Erase una vez una terraza volada al mar mediterráneo, enjaezada de parras, geranios de colores y jazmines. Olor a azahar en la costa malagueña. Vivienda de verano de unos famosos actores de Hollywood, él malagueño de cepa; ella, con muchas “armas de mujer” pero pirrada por su Antonio, al que llevaba tallado en su propio cuerpo.
Dos cuerpos eran los que yacían semidesnudos, en el suelo, de aquel hermoso vergel que formaba la terraza sobre el cálido mar mediterráneo y una vivienda amplia, de paredes encaladas de blanca. La terraza sobre la que permanecían esos cuerpos, con un certero disparo en la frente cada uno, olía a azahar y jazmines, daikiris y burbon, escanciados hasta última hora de la madrugada.
A un lado, una hamaca, pendida sobre dos inmensas mimosas. Al otro lado, una mesa de cristal, redonda, donde se almacenaban todos los restos de lo que debía haber sido una larga noche, y una madrugada aún más larga: ceniceros atiborrados de cigarrillos, vasos anchos, restos de algunos polvos blancos apenas perceptibles.
Pero para él no. Para el inspector de policía, que acababa de llegar, esos detalles no le podían pasar desapercibidos. Se había cometido un crimen y él estaba para resolverlo. Apenas llegó, el inspector fue recibido por el “anfitrión” de la casa: “Hola, Gadget”. “No”, le contestó el inspector: “García; Pepín García, inspector con placa 7329”.
El inspector se echó a reír porque se percató que con quien estaba hablando era con un loro, el loro de la casa, que era el rey de aquella terraza emparrrada, y permanente atracción de los amigos de los famosos actores de Hollywood.
El inspector entró en acción. Vio los cuerpos desnudos que yacían en el suelo, al lado de la hamaca. En ésta, permanecía el sujetar de la mujer, semicaído, en lo que debía haber sido la última resistencia antes de que aquellos dos cuerpos se unieran en esa madrugada interminable y fatal. Las sillas caídas, los vasos rotos por el suelo inducían a pensar que alguien les había apuntado mortalmente cuando ellos permanecían juntos en la hamaca, y que trataron de levantarse para repeler la agresión. En el único cenicero que aún permanecía intacto, Pepín García descubrió dos tipos diferentes de cigarrillos: unos eran negros y otros rubios.
“Ajá, ya te tengo”. El pespicaz inspector se percató que mientras los cigarrillos negros apenas tenían muestras de restos; en los otros, sin embargo, había indudables marcas de carmín. “Pero son carmines de pintalabios diferentes porque unos son color rojo y otros color sepia”, se dijo para sí”. Lo que en la terminología policial quería decir que en esa noche, en aquella terraza malagueña, al menos había habido un hombre y dos mujeres; es decir, que el asesino debía ser mujer porque las otras dos muestras en los cigarrillos deberían corresponde a los “fiambres”.
UN ayudante del inspector Pepín García, se acercó al oído y le dijo, “venga usted señor inspector: yo a esta mujer la he visto en la tele: melena rubio platino, cuerpo aún joven, buenísima....”.
“Es la Melanie”, dijo el inspector, “y él, nuestro paisano Antonio, el Banderas”. Pepín se dijo para sí: “esto es lo que hace a un policía bueno y a otro malo, saber en un instante quien son los finados”. “La experiencia es un grado”, dijo ya en voz alta Pepín García, para que sus subordinados le oyeran.
Pero aún quedaba un detalle de suma importancia. En el suelo, la mujer (es decir Melanie) había dejado escrito antes de morir, con letras en sangre escritas la siguiente frase: “The killer is pene”. Pepín García llamó a un subordinado, conocedor de la lengua de Shaspekeare. “Dime Gutierrez, tú que eres el experto en idiomas de la Comisaría qué quiere decir esta frase”. “El asesino es el pene”, contestó Gutiérrez, sin titubear. “¡Pardiez!”, gritaron al unísono todos los agentes llevándose las manos hacia sus mismas partes, en un acto que Freud hubiese interpretado con de “natural audefensa”.
Pepín García tomó aire, miró a un lado y al otro de la terraza, y por fin convencido de lo que decía, sentenció: “Sin duda estamos ante un crimen pasional. El célebre triángulo amoroso. Aquí había tomate entre tres amantes”. El sujetador, los cuerpos semidesnudos, la frase en el suelo parecían dibujar un móvil de celos. O eso, al menos, es lo que pensaba Pepín García.
Aún quedaba la inspección táctil de los cuerpos. El inspector cogió sus guantes de latex (siempre que lo hacía se sentía extraño, sin su Fairy, pero él, ahora, estaba allí para descubrir un crimen, no para fregar los platos de la cocina, ni pagar los platos rotos con su mujer, se dijo para sí).
Tocó aquí y allá, descubrió miles de cicatrices en el cuerpo femenino pero pronto recordó que su mujer le había dicho que la Melanie tenía el cuerpo cosido por las decenas de operaciones estéticas que se había realizado durante su vida. En el antebrazo, Melanie tenía escrito la palabra: “Antonio”. Todo ello confirmaba para el inspector, más allá de las evidencias leídas en el Hola, que Antonio y Melanie, eran marido y mujer. “No hay que creer lo que se lee en los periódicos, ni tan siquiera en las revistas de cotilleo; porque los plumillas mienten más que escriben. Lo importante de un policía es comprobar “in situ” que las evidencias son ciertas”. Se le subió la autoestima.
Era ya la hora de comer para un andaluz que se preciara. El inspector ya había visto todo lo que quería, y tenía todo el día para investigar sobre el asesino. De momento, cogió su sombrero de paja, y le entraron ganas de comer pescadito frito y beberse un finito a su salud de policía avezado en mil batallas.
Cuando salía de la terraza para irse, oyó a su espalda: “Tom Cruise ya no es mi novio; Tom Cruise ya no es mi novio; Tom Cruise ya no es mi novio”.
Pepín García giró la cabeza, como sólo los detectives saben hacer, y antes de hacer luz de gas entre la calima costera malagueña, dijo al loro, al loro hablador:
“Creo que hoy ha empezado una gran amistad”.
García, Pepín García, ya sabía quien era el asesino: empezaba su nombre por “Pene....” y tenía nombre de mujer.
FIN AL LORO HABLADOR/ 27 de Noviembre de 2005
domingo, 25 de enero de 2009
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